-Si la lealtad instintiva de los perros la eligiesen libremente los amigos...
-No hay nada más insoportable que las niñerías de los adultos.
-La diferencia entre un sabio y un necio radica en que el sabio valora las cosas pequeñas y el necio, las pequeñeces.
-Nada más trágico que un hombre orgulloso de su mediocridad.
Literarians & Co.
Escritos de la vida cotidiana
23/05/2012
Ráfagas (V)
16/05/2012
14/05/2012
Procastination
Cambiar de ciudad ya es un gran cambio. Cambiar de país y de continente es una revolución. Después de un merecido descanso, intento pasar de la buena vida a la vida buena. Vivir en la mitad del mundo tiene muchas ventajas: madrugar no es tan ingrato porque el sol sale a barrer los sueños poco antes de las 6 de la mañana, todos los días del año; la gente de estas latitudes tiene un ritmo tranquilo (a 2.850 mts. de altura tampoco es que se pueda correr mucho); el tiempo, a pesar de sus esquizofenias (4 estaciones en un día), es agradablemente primaveral la mayor parte del año.
Y a pesar de todas estas bondades del entorno, una se las arregla para levantarse tarde, mimetizarse con la vida en cámara lenta y salir poco a la calle de paseo en lugar de coger el coche para todo. Llevo todo este tiempo diciéndome que mañana comenzará mi rutina de footing, que –esta semana- terminaré los cuatro libros que reposan sobre mi mesilla, que haré esas llamadas de teléfono pendientes, que aprovecharé el sol de la mañana para trabajar al aire libre y blablabla.
Sin embargo, cuando llega la noche de ese mañana que ayer se veía venir tan cargado de buenas intenciones: golpes de pecho. Justo hoy, que decidí dar un puñetazo sobre la pereza, me encuentro esta entrada de Julio Martinez Mesanza. Se lo agradezo en el alma. Ha sido el último y decisivo empujón. Mañana podré decir con una sonrisa, a pesar de las agujetas, he dejado para ayer lo que pretendía hacer mañana.
09/05/2012
Escribir con la mano
Leía una noticia hace unos días que me llamó la
atención, o más bien alarmó mi
atención. Se hablaba de una nueva propuesta pedagógica que sugería, como si fuera lo más, que los niños no
aprendieran a escribir de su puño y letra, sino directamente sobre un teclado.
No seré yo quien eche piedras sobre mi propio teclado (hace
unos días me quejaba, pero de uno ajeno). Me gusta escribir en el ordenador,
cada vez escribo menos en papel, pero me gusta esa interacción directa entre mi
mano y el dibujo de las letras. Me divierte ver mis notas de hace años y cómo
ha evolucionado mi caligrafía.
Dejar que los niños salten directamente al teclado me parece
un error. Cuando aprendemos a escribir no solo aprendemos a escribir.
Aprendemos, por ejemplo, a dominar la mano, la principal herramienta del homo
sapiens. Aprendemos la dificultad que conlleva el perfeccionamiento de nuestras
habilidades, es decir, mientras dibujamos palotes, adquirimos paciencia, tesón,
constancia, el valor del esfuerzo y el gusanillo del perfeccionamiento y la
alegría que conllevan esos pequeños logros, fruto de nuestro esfuerzo.
Luego está el no poco misterioso tema de la identidad. Es
impresionante que los rasgos de nuestra personalidad se reflejen en nuestra
escritura de modo que nos retratamos, sin quererlo cuando escribimos. De algún
modo nuestra letra nos inscribe en el mundo físico tal como somos, como si
fuese un ADN psíquico que nos hace únicos.
Los teclados se saltan todo ese proceso, todo se ve reducido
a otras destrezas, cuyo artífice es un programa de ordenador. La caligrafía homogénea, los
correctores automáticos de ortografía, la facilidad con que los errores
desaparecen de la pantalla (los borrones nos enseñan mucho sobre la vida). Todas
estas cosas no dejan de restar ocasiones de aprender a vivir. Es curioso, pero
cuando crecemos, también vamos descubriendo más afinidades entre la vida y la
escritura. Escribimos nuestra propia existencia con rasgos personales,
reconocibles, con borrones y tachaduras, repetimos los errores, aprendemos la
belleza de una carilla limpia y hermosamente salpicada por los signos del
alfabeto en versión propia. Sabemos que el perfeccionamiento cuesta, pero las satisfacciones de superarse a uno mismo son mayores.
27/04/2012
Romance de mi destino
Así se titula un pasillo de esta tierra que empieza así: "Todo lo que quise yo, tuve que dejarlo lejos". Me lo aplico en muchos sentidos, pero no solo como una queja inmóvil. Sigo aprendiendo a querer otras cosas que, quedaran nuevamente alejadas, aunque sea por el paso implacable del tiempo. Y ese es en verdad el romance de todo destino, aprender a querer para luego aprender a depojarse de lo querido. Todo en el corazón se queda, y en el último día, espero, (en el sentido firme de la certeza de llegar a poseer lo que por ahora solo se vislumbra) encontraré todo lo dejado, porque nunca se ha perdido.
25/04/2012
La maldicion del teclado
Justamente ahora, cuando se me van las horas leyendo el diario como un sabueso, buscando erratas y faltas de concordancia; justamente ahora en que una tilde de menos, un signo de puntuación que se escabulle hace que salten todas las alarmas; justo en este momento de hipersensibilidad linguística, va y se me estropea el ordenador. Para matar el mono de escribir, acudo a este viejo PC, made in USA, que no tiene tildes, ni eñes, ni diéresis, ni signos de exclamación que indiquen donde empieza el asombro y no solo donde acaba. Y como un antídoto contra mis propias obsesiones, va esta entrada mal escrita.
Ni siquiera el corrector de Blogger es un aliado. Le basta con resaltar lo que ya de por sí me salta a la vista, como sal en los ojos. Y me llevo, al menos, una lección de lo que no quisiera hacer en mi posible proximo trabajo: resaltar los errores sin aportar soluciones. Si Dios quiere, me dedicare durante un tiempo a trabajar el lenguaje como hacen los artesanos en un taller donde se mima la materia con la que trabajan sus manos. A redescubrir figuras retóricas, géneros, escondrijos gramaticales donde la lengua guarda sus secretos. Y con suerte, para entonces, tendré mi ordenador de vuelta, volveré sobre estas líneas, corregiré tanta barbarie y volveré a recordar otra lección que les vendrá muy bien a quienes tenga que formar: aquí se puede volver para enmendar errores, pero en el papel, amigo, lo escrito, como dijo Pilatos, escrito queda. Como quedó fijado su desinterés por la verdad en la Escritura por excelencia.
Ni siquiera el corrector de Blogger es un aliado. Le basta con resaltar lo que ya de por sí me salta a la vista, como sal en los ojos. Y me llevo, al menos, una lección de lo que no quisiera hacer en mi posible proximo trabajo: resaltar los errores sin aportar soluciones. Si Dios quiere, me dedicare durante un tiempo a trabajar el lenguaje como hacen los artesanos en un taller donde se mima la materia con la que trabajan sus manos. A redescubrir figuras retóricas, géneros, escondrijos gramaticales donde la lengua guarda sus secretos. Y con suerte, para entonces, tendré mi ordenador de vuelta, volveré sobre estas líneas, corregiré tanta barbarie y volveré a recordar otra lección que les vendrá muy bien a quienes tenga que formar: aquí se puede volver para enmendar errores, pero en el papel, amigo, lo escrito, como dijo Pilatos, escrito queda. Como quedó fijado su desinterés por la verdad en la Escritura por excelencia.
20/04/2012
De toro un poco
Esta semana he disfrutado de los toros: en el campo y en la plaza. He recordado faenas, las he visto pasar delante de mis ojos con la lentitud del poema. También las faenas que me han hecho. Y dando vueltas al tema, he recordado las volteretas y he llegado a la conclusión de que volver, delante del toro, tras una voltereta es valentía. Volver a por otra, tras varios avisos de la falta de casta de alguna gente, es tontería. De modo que más vale huir de la mala gente y arrimarse a la buena, que es mucha. Y con los toros, arrimarse, arrimarse con verdad siempre. Que esos te dejan un moretón como una medalla. Y la verdad de la faena queda. Las otras faenas también quedan registradas. Y habrá repetición un día, a cámara lenta. Y entonces pasarán esas tristes figuras mucha, pero mucha torera vergüenza.
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